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Historia

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30 años de Malvinas: Jorge Alberto Moussa Zein comparte lo vivido

Excombatiente, peleó en las islas, y asegura que “la verdadera guerra está en los treinta años, no en los dos meses de combate”.
Darío Hernán Irigaray
Por Darío Hernán Irigaray

Jorge Alberto Moussa Zein nació en Morón, provincia de Buenos Aires, el 19 de septiembre de 1962. Hijo de María Cleria Saldungaray y Carlos Moussa Zein, realizó sus estudios en la escuela primaria y luego comenzó a ayudar a su padre, de oficio carpintero.

“Mi padre tenía un taller en la casa y hacía de todo: desde muebles hasta instalaciones de negocios, estanterías, y vidrieras”, recuerda. Jorge pasó su adolescencia colaborando con la economía familiar, hasta que en el año 1981, en el marco del servicio militar obligatorio, es llamado a cumplir la conscripción en la Marina.

“Estaba en Morón y me presenté en el distrito San Martín, cerca de allí. Me hicieron la revisación médica y me incorporaron. Me trasladaron automáticamente al Centro de Instrucción y Formación de Infantería de Marina (CIFIM), en La Plata”.

Luego de los primeros 45 días de instrucción, lo envían al Batallón 5 de Infantería de Marina en Río Grande, Tierra del Fuego. “Allí estuve desde el 25 de mayo de 1981. Lo habitual era levantarse a las 6 de la mañana, desayunar, a las 8 izar el pabellón con formación, leer las efemérides y después cada sección del batallón va a hacer sus tareas, ya sea de limpieza o de instrucción. Luego almorzábamos, un ratito de siesta y nuevamente instrucción”.

La vida en el batallón transcurría con este ritmo, hasta que el 2 de abril de 1982, la Junta Militar invade las Islas Malvinas y Jorge se entera que debe viajar a las islas, a defenderlas.

“Nos enteramos el mismo 2. Había algunos que no tenían ni idea y festejaban, otros lloraban por los pasillos, porque en esos días, estaba la primera tanda que se iba de baja y los mandaron a vestirse de verde de vuelta, se querían matar los pibes”.

Jorge hace una pausa y dice que en su familia muchos participaron de acciones bélicas, todos como colimbas. “Mi abuelo, Alí, es veterano de la Primera Guerra Mundial. Se escapó de Arabia y se alistó con un amigo en la Legión Extranjera. Cuando quiso acordar estaba combatiendo”, dice.

También, su padre estuvo presente en el derrocamiento de Juan Domingo Perón, en 1955 y su hermano, casi entra en combate, en el año 1978, en el conflicto con Chile por la zona del Canal de Beagle. “Yo soy la frutilla de la torta, porque tuve que ir a Malvinas a combatir”. Eso sí: todos en mi familia como colimbas”, aclara.

“A Malvinas llegamos el 9 de abril de 1982, nos llevaron en un avión Fokker. La función del Batallón 5 era de defensa y ubicamos nuestras posiciones en cercanías de los montes Dos Hermanas, al pie de la montaña, a pocos kilómetros de Puerto Argentino, en la isla Soledad”.

Jorge recordó que instalaron los morteros, los cuales eran españoles, fabricados por Esperanza y Cía. Además tenían fusiles FAL 1978.

“Teníamos 6 morteros 81 milímetros y con eso disparábamos. Tenían un alcance de 4125 metros, yo era el preparador de cada uno de los tiros. Para utilizar cada mortero, no son menos de 5 o 6 personas, desde la pieza para atrás. A cada proyectil hay que armarlo de tal o cual manera, según donde querés que caiga el tiro”.

“Se arma con una espoleta, un cartucho expulsor, en la culata del proyectil, y luego una serie de cargas suplementarias o cucarachas de mica, que tiene el formato del cuerpo de una cucaracha, con polvora, que da mayor impulsión, para que el proyectil, vaya más alto o más largo.

Jorge explica que el mortero es un arma de tiro curvo. Cuando se necesita “arrimar” el tiro, hay que darle mayor altura de flecha, que es lo máximo que se eleva el proyectil en la curvatura, con mayor carga suplementaria.

“Nosotros teníamos armados pozos donde iba enterrado el mortero, que es como una herradura que se forma, de unos 50 centímetros de profundidad más 8 o 10 metros atrás, en donde estaban los pozos en que había 6 pozos más detrás de cada mortero. Ahí vivíamos”.

Durante los primeros 15 días del conflicto armado, se les brindaba lo que se llamaba comida de olla. “Subíamos por un lado arriba de una montaña, donde estaba la cocina. Hacíamos tres viajes: desayuno (chocolate), comida al mediodía y tardecita, una cena”.

“El clima era de neblina, viento o lluvia. Una vez veníamos bajando con neblina, con el cable de comunicaciones para guiarnos por él para no perdernos, pero no nos dimos cuenta que el cable había quedado cortado luego de un bombardeo. Anduvimos a tientas, hasta que sentimos el silbido y nos paramos. A ver grupo de rancho, vengan para acá que van a terminar en medio del mar, dijo el oficial y pudimos regresar a nuestra trinchera”.

Cuando los ingleses desembarcaron en San Carlos y comenzaron su marcha hacia Puerto Argentino, comenzaron a llegar las raciones de comida de combate, si llegaban. “Nos entregaban una por día, cuando debían ser dos. Cada ración constaba de un desayuno y un almuerzo”.

Preguntado por si pasaron hambre contesta que sí. “Comíamos cada tres días, a veces. Yo me terminé comiendo un espinazo de cordero crudo, sin cocinar, sin nada. Lo habían matado para la sección, pero lo habían dejado colgado dentro de un pozo porque no había posibilidades de cocinarlo ya que los ingleses estaban demasiado cerca y hacer humo era decir acá estamos”

“Yo lo agarré, lo eché entre la ropa, lo corté con mi cuchillo bayoneta y me lo comí, solo. Los otros preferían pasar hambre. Esas son las decisiones personales que uno tiene que tomar”, afirma.

En cuanto al equipamiento, para Jorge su sección no estaba tan mal equipada como sí sucedió con otras, sobre todo del ejército. “Nosotros teníamos un visor nocturno, tipo prismático, y otro para la mira del fusil, pero era uno por sección. Pensá que los ingleses tenían uno por cada hombre”.

En cuanto a las edades de los ingleses, dice que “los más chicos tenían entre 25 y 30 años, y nosotros lo único que teníamos era el recuerdo de que San Martín había cruzado Los Andes, hermano”, dice.

“Nuestro batallón, el 5 de Infantería de Marina, estaba dotado de ropa para la ocasión. De todas maneras, el hambre, el cansancio, la mugre y la tensión nerviosa hace que sientas frío. No te imaginás los pibes de La Tablada, que fueron con ropa del norte, con una bufanda, guantes y gorrito con orejeras, sin ropa de abrigo, así los mandaron a Malvinas, una barbaridad”.

En el caso de los ingleses, Jorge recuerda que tenían una bolsa de dormir formada por el pantalón y la chaquetilla, que usaban como bolsa de dormir. “Dormían, se despertaban y nos disparaban y se volvían a acostar. Super acolchados.”.

Para Jorge, la guerra se perdió por falta de coordinación entre las fuerzas y por culpa del Ejército. “Mirá, era el 14 de junio, en Puerto Argentino ya se habían rendido y el Batallón de Infantería de Marina 5 seguía combatiendo. El mismo gobernador, le dijo a nuestro capitán, Carlos H. Robacio, ríndase que está peleando bajo bandera inglesa. Entonces él ordenó el repliegue”, asegura.

“Hasta entonces, los ingleses no habían podido pasar por las posiciones nuestras. No nos achicamos, nosotros entramos a Puerto Argentino desfilando. Los del Ejército son arrogantes, no tienen la más mínima idea de para qué es la ropa verde”.

Finalizada la guerra, Jorge y sus compañeros pasan uno o dos días en el Aeropuerto de Puerto Argentino.

“Comimos mejor que nunca y aparecieron galpones cerrados con comida, hasta el techo, fue terrible. Yo quería volver a ver a mis viejos, hice lo que tuve que hacer, en el momento que tuve que hacerlo e intenté olvidarme, pero esto es tan fuerte que no hay forma de olvidártelo”.

“Ellos abrieron a los tiros los candados de dos hangares que tenían guardados los argentinos, con comida argentina. Te trataban mejor la tropa inglesa que la argentina”.

Luego los llevaron a la ciudad, al puerto naval y de allí al rompehielos Almirante Irízar, embarcados mediante unas barcazas.

En cuanto a los malos tratos a los soldados argentinos por sus pares, Jorge dice que él no vio a nadie estaqueado, pero que si los compañeros lo dicen es que sucedió. “Yo hubiera sido el primero por las barbaridades que les dije y que hice. Les robé el cordero, una lata de 5 kilos de dulce de batata, delante de la cara del suboficial, dos o tres frascos de mermeladas de ciruela, todo porque tenía hambre”.

Ya en el continente, en Tierra del Fuego, nuestros héroes fueron revisados, y alimentados. “Nos dieron de comer bien, vestidos de civil y dábamos vueltas por donde quisiéramos, sin orden para salir del batallón todavía”.

Jorge asegura que a los infantes del ejército les lavaron la cabeza. “De mi batallón no tengo elogios porque en ese momento no hay elogios para nadie, pero si vamos a hablar como fui tratado, yo fui bien tratado, ellos no tanto, el soldadito se calla, no pasa lo mismo con el infante de Marina”.

“Lo que más me impactó de Malvinas fue el regreso. La guerra es un porotito chiquitito, lo que más nos pesó fueron los treinta años, la verdadera guerra esta en los treinta años, no en los dos meses de combate”, dice.

“Cuando volvimos a casa, nunca nos reconocieron. Volvimos con la cabeza baja como si fuéramos perdedores, ésa fue nuestra lucha. Eso lo hizo sentir el ejército a sus hombres. A nosotros se nos acercó el almirante Manuel Tomé, nos habló, nos dijo que no veníamos perdedores, que habíamos hecho un gran esfuerzo y que quería vernos bajar del avión con la cabeza en alto, con esas palabras, una escalera de cinco metros de altura, la bajamos en dos trancos. Veníamos destrozados anímicamente, pero con esa arenga, nos levanto el ánimo”.

Jorge recuerda con amargura que cuando regresaron al continente el resto de la gente estaba con el Mundial 82 y Malvinas parecía un partido más. “Así lo sintieron mis padres”.

“No puede ser que a tantos años, todavía, se nos deban cosas. El gobierno saca ahora una ley de reconocimiento histórico y nos deben 8 años: del 2 de abril del 82 hasta que se pago la primera pensión, en los 90”.

“Al principio, te encontrabas con gente, que un amigo tuyo te presentaba con orgullo como veterano de guerra, pero el otro nunca te llamaba porque eras el loco de la guerra, entonces, para conseguir trabajo prefería decir que no era veterano de guerra”.

“Hoy ha avanzado mucho, pero todavía quedan rezagos de boludos en la calle que preguntan pelotudeces. Me molesta, que me pregunten si maté a alguien alguna vez. A una criatura se lo puedo aceptar, a un grande no, todavía hay gente que cree que no somos merecedores de la pensiones que cobramos”.

Jorge dice que algunos se lo han dicho en la cara. “Pero si le pego un trompón a un tarado de esos, dejo más asentado que somos locos de la guerra, como todo el mundo dice o cree, sin contar que no sirvo para ser agresivo con nadie”.

Finalizada la guerra, Jorge pudo rehacer su vida y a finales de 1983 se casó con una chica de Guaminí y se fue a vivir con ella, con quien tuvo un hijo, Jorge Rodolfo, que hoy tiene 25 años.

Luego la pareja se separó y Jorge regresa a Morón, donde se queda un año más, hasta que con un amigo de apellido García, deciden viajar a Rincón de los Sauces, en 1995.

“Así llegué, ayudándolo a él como albañil”. En Rincón de los Sauces, formó pareja con una chica, con la que tuvo dos hijos: Carlos Antonio, de 13 y Walter Emmanuel. En la actualidad, está solo, pero reconoce que las mujeres son una de sus pasiones.

Al tiempo dejó la albañilería y comenzó a trabajar de taxista. “En Rincón he pasado momentos lindos. Por suerte, pese a trabajar de noche y en la noche, jamás me pegaron y jamás me robaron y eso que en aquella época, la gente solía andar armada. Fui querido y respetado por todos”, dice.

En la actualidad Jorge trabaja desde el 2004 en el Concejo Deliberante como maestranza, gracias a las gestiones que llevó adelante Adrián San Martín cuando era presidente del Concejo.

Jorge se dice hincha de Boca, simpatizante, pero no muy interesado en el fútbol. “Mis pasiones son las mujeres, pero no me dan bolilla”, afirma. También sostiene que le gusta pescar y hacer artesanías en madera.

“Otro hobbie es escribir canciones y poesía. Letras románticas, en eso entretengo mi tiempo libre, también hago música de oído, aunque no sepa escribir música”.

“Yo estoy muy agradecido con Rincón. He pasado momentos muy lindos y estos sinvergüenzas me han hecho llorar alguna vez, acá en el Concejo, con algún homenaje el 2 de abril”. “Acá somos dos. También está David Zúñiga”, aclara.

“Por suerte, hoy en día nos miran de otra forma. La gente ya no nos tiene tanto miedo y antes te lo hacían sentir. Ahora me siento reconocido por el estado nacional y me siento muy querido acá, respetado por mis compañeros y la sociedad”, concluye.

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