Transitar por las arterias más comerciales de la ciudad nos deja ver rápidamente la crisis por la que está pasando la ciudad, encontrando decenas de locales vacíos.
Muchos arrendatarios para no quedar con su propiedad sin ocupante han decidido disminuir lo que les cobraban a sus inquilinos.
“Yo le tuve que bajar el alquiler, para que no se vaya. Esta muy difícil.”, decía Liliana una vecina del centro de Rincón, quien dejó entrever que casi le redujo a su inquilino un 20 por ciento de lo que pagaba.
En este mismo sentido otro vecino de la ciudad decía: “Yo tengo alquilada una casa, y teníamos pactado para el segundo año del contrato un incremento del 20 por ciento en el costo del alquiler, pero se lo tuvimos que dejar como venían pagando, por que nos plantearon que se les complicaba pagar esto. No queremos pasar a ser otra casa desocupada más.”, señalaba Roberto.
Está sucediendo un fenómeno en la ciudad donde se busca pagar menos, aunque se tengan menos comodidades y hasta incluso sin tener todos los servicios básicos indispensables.
Alquilar habitaciones sin baño, donde la cocina pasa a ser el calefactor y compartir con otros tantos el único baño que se encuentra en ocasiones en condiciones preocupantes, está comenzando a pasar frecuentemente.
Los alquileres que más se mantienen son los más económicos, el sueño de tener una casa que deje una renta que alcance para vivir se están esfumando.
Actualmente algunas importantes empresas que tenían sucursales en la ciudad se han juntado con otras para economizar compartiendo gastos corrientes, buscando una respuesta a la crisis, evitando cerrar.
Sigue existiendo aún gente que pide valores poco razonables para el contexto que se está viviendo, esperando que llegue algún salvador que pague lo que pide, no lo que la oferta y la demanda está imponiendo en la vida real.
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